viernes, 19 de julio de 2013

EL SILENCIO Y LA PRINCESA

Es en medio de los versos
y abrazado por la lluvia
que el poeta escribe a su princesa
iluminada por el cielo y la luz de sus estrellas

Es en silencio y en medio de la noche
que te susurro a vos, mi bella,
las palabras que nacen en mi alma
y que espero que pronto comprendas

Mi princesa linda, con piel tan perfecta
con los ojos llenos de vida
y con las manos llenas de estrellas

sos el regalo perfecto dado a mí el día
en que se ha mostrado la Madre del Cielo
porque has llegado a mi vida de pronto
y con amor te alojaste en mi pecho.

Es en silencio y en medio del día
que me inspiras y me robas el aire
que me acaricias sin siquiera tocarme
y que me llenas la vida con solo pensarte.

Es en silencio que vos mi princesa
me mantienes las horas viviendo en espera
de encontrarme con vos , mi dulce muñeca
y entregarte mi amor que ha nacido de veras
porque sos mi ángel y la flor más bella
del jardín del cielo donde la Virgencita te observa
donde yo te amo y mi poesía te espera.

martes, 9 de julio de 2013

SILENCIOS

Mis silencios hacen más ruido en mi mente
que todos los escándalos de mi vida.

No pretendo descifrar lo que dicen
mucho menos comprender sus misterios

No espero que los otros comprendan
lo que yo vivo a solas y a diario

ese encuentro con las voces sin voz
que solo hablan en mi mente
que solo escriben con mis manos
que solo sonríen en silencio.

Mis silencios me arrullan esta noche
me invitan a cerrar mis ojos
a pensar en blanco
a sentir con los cinco sentidos
y a escuchar cómo el mar, a lo lejos,
golpea la orilla de la playa mientras el
viento deja su caricia en la piel de las olas...

domingo, 7 de julio de 2013

SEGUIRÉ SOÑANDO.

Sueño con un mundo más silencioso
un mundo donde no haya que medir el tiempo,
para poder compartir sin prisa
donde no sea menester cargar las cadenas de un reloj cada día.

Sueño con un mundo donde no te vean raro
por parecer distinto del resto
por querer soñar de gratis y no a pagos
sueño con un mundo con dos lunas llenas cada noche
para que haya más poetas enamorados
dedicando versos a sus musas

Sueño con presentes felices pues los finales felices no lo son completamente
porque si son finales están acabando

Sueño con cenas a la luz de las lunas, copas de vino tinto y miradas tiernas,
sueño con amantes que hagan eso, que se amen, no con sexuados que se sexen,

Sueño con cortejos largos y hermosos
con amores reales y tomadas de mano
con silencios prolongados en caminos extensos
con un buenas noches en vivo y no en mensajes de texto.

Sueño con niños corriendo en los prados
jugando felices y con tierra en las manos,
con las mejillas rojas del sol
y con inocencia en los ojos

Sueño con sueños que ya algunos no sueñan
que ya algunos olvidan
que ya muchos ni anhelan

Sueño con un mundo distinto
sin hambre en las panzas
sin lágrimas en los ojos
sin sangre en las manos
odio en las almas.

Sueño y seguiré soñando
escribiré con mi vida y cantaré por las voces de aquellos que ya no pueden cantar porque se han entregado al olvido o porque los han querido olvidar.

UNAS VIEJAS HOJAS AMARILLENTAS.

Un viejo escritor despertó una mañana en su vieja casa, observó sus viejas cosas, se levantó de su sonora y vieja cama, caminó hasta la vieja cocina y abrió su vieja puerta, sacó un pedazo de pan y lo puso en su viejo moledero de pino. Luego de calentar el agua en un viejo pichel chorreó una exquisita taza de café, fuerte, como lo prefieren los viejos escritores. Tomó el pan de la mesa y su taza de hierro medio oxidada, caminó hasta el viejo estudio en el frente de la casa. Le dio un mordisco al pan y un sorbo al café, con los ojos puestos en la vieja fotografía, del aquel viejo amor, cargada de viejos recuerdos. Junto a la foto un diario en blanco con las hojas amarillentas y tostadas por haber estado esperando tantos años las palabras para una carta de amor jamás enviada, mucho menos escrita pero miles de veces pensada y otros tantas veces soñada. El viejo escritor tomó aire y un largo sorbo de café negro sin azúcar, sonrió, se acercó a la mesa, tomó la vieja pluma y trazó unas cuantas palabras en las viejas y amarillentas hojas. Él sabía que eso era lo máximo que haría. Un nudo invadió su garganta y mirando por la ventana divisó a lo lejos el viejo cementerio, donde sabía que un tulipán estaría custodiando el cofre con su viejo tesoro y, a sus pies, cientos de hojas amarillentas, dobladas, silenciosas y eternas.

ESCUCHO Y NO COMPRENDO

Ahora escucho y no comprendo
el sonido tranquilo del aire
que despierta y abraza en el encuentro
de un ayer que espera en silencio
de una tarde que grita desnuda
cuando el cielo se esconde muy lento

es difícil seguir mi sendero
ya la gente no entiende mi rumbo
y este rumbo no entiende a la gente
pues de lejos me miran extraño
y de cerca nadie me extiende su mano
por eso escucho y no lo comprendo

escucho a este viento que grita
que abraza y esconde su rostro
de la travesía de toda mi vida
que es andar descalzo y sin rumbo
sintiendo bofetadas del aire
que viene, golpea y se esconde.

Ahora escucho y no lo comprendo
sigo firme, débil y aún lucho
contra todo o contra nada
contra todos o contra nadie
contra el cuerpo y los deseos
contra mí y contra el tiempo,

que me sigue y me atormenta
que me grita y me golpea
que me hace sentir más débil que nunca
y me hace orar y esconderme
cuando el mundo más grita
y cuando otros se duermen.

Ahora escucho y no lo comprendo
pero esta lucha no cesa
ni tampoco cesa mi anhelo
de sentirme un poco distinto en el mundo
y tomar mi lápiz olvidando al olvido
y tomar mis sueños y soñar como niño.

SE ALQUILA POETA UNA NOCHE.

Estaba sentado en mi silla, la de siempre, mientras el viento cantaba las alegres melodías que pueden escucharse entre la bruma densa de la noche y entre el ulular de un búho escondido tras la espesa vegetación de la montaña que dulcemente abrazaba mis sueños como si se tratase del más dulce calor materno.

Un libro entre mis manos, el título no lo recuerdo, pero sí el sabor amargo del tabaco en mis labios como tantas otras noches solitarias de poeta; de ese tipo de poetas que pasan inadvertidos ante la gente mas no ante la naturaleza y cielo, quienes son y han sido los más fieles testigos del nacimiento de mis versos, estos, tan simples y llenos de sueños, de esperanzas y anhelos; que luchan cada noche por cantar las maravillas cotidianas que aunque invisibles, resultan interesantes y perturbadoras en el oído y el alma de aquellos quienes nunca se han alquilado para soñar, ya por falta de sueños, ya por sueños descalzos.

La noche en silencio y el silencio de fiesta, los versos en paz y la paz en guerra. A lo lejos una luz tenue, reflejada en los ojos de la princesa del sueño y de la noche. Avanzaba hacia mí con una velocidad semejante al color verde del prado en las mañanas y con un aroma a cielo húmedo que penetraba mi ser y se desplazaba por mi piel acariciándola suavemente, y yo, seguía aún con mis manos ocupadas: en una, el tabaco; en la otra, el libro; y en la otra (porque esa noche recuerdo que tuve tres manos) sostenía la impaciencia de ver el rostro de aquel sueño bañado de luna. Ya estaba cerca, tanto que pude ver mis ojos en los suyos y sentir en mi rostro el calor de su ya agitada respiración. Su cabello liso se desbordaba de su cabeza para caer caprichosamente en mis hombros y aferrarse a mi cuerpo como las raíces de un gran árbol en la tierra. No tuve más remedio que callar aunque el silencio me gritaba. Su mirada, profunda, por naturaleza, me obligaba besarla.

Nunca supe quién era, ni su nombre, ni siquiera su voz. Pero aquella noche el verso se transformó en carne y los segundos en placer, aunque este viviera tan solo en mis sueños.

De nuevo, esta noche, sentado en aquella silla, la de siempre, quise cambiar el libro por una pluma, y con el sabor amargo del tabaco en mi boca, narrar lo que hace lunas pasó, mientras el viento cantaba y un búho se escuchaba ulular a lo lejos.

martes, 2 de julio de 2013

PERSIGUIENDO EL ATARDECER

Sentado cómodamente y disfrutando de una segunda y exquisita taza de café con leche sin azúcar (pues es así como debe tomarse el café), pude observar cómo detrás de los árboles que abrazan el Edén donde disfruto de mis vacaciones junto a mi esposa, un destello impresionante que jugaba con la paleta de colores que ni el más diestro de los poetas más inspirado por alguna musa divina haya podido describir desde que el hombre habita la tierra; tuve que tomar la decisión más poética de mi vida: abordar mi moto y perseguir el atardecer, manejar como si ese fuera el último momento de mi existencia, como si mi vida dependiera de ello, como si la página del último libro de la historia estuviera a punto de desvanecerse y yo luchara por ser el afortunado lector de esas palabras que se irían para siempre. El camino se hacía eterno mientras aceleraba la moto con la ansiedad de hacerme uno con el cielo, de cerrar mis ojos y dejarme envolver por los rayos de luz que se mezclaban perfectamente con las nubes, el cielo y el mar. Un giro a la izquierda al final de esa lora amarilla que en silencio era testigo de la persecución del atardecer, acelerar un poco más en medio del sendero que conducía a la playa, aparcar perplejo y simplemente admirar en silencio porque este día, el cielo ha robado mis palabras y yo, víctima de la música del océano ensordecedor, sonrío plenamente porque ha valido la pena perseguir el atardecer.