viernes, 19 de mayo de 2017

Comentario al Evangelio...

Del santo evangelio según san Juan (14,15-21)
"Si me ustedes me aman guardaran mis mandamientos".
Así inicia el Evangelio de este domingo, parece que Jesús pone en condicional el amor de sus discípulos, si de verdad me amas entonces cumplirás mis mandamientos. En este sentido parece que la ley es superior al amor, pero existe otra manera de entender este Evangelio.
Si de verdad me amas no tendrás problema en guardar mis mandamientos, no te parecerá gravoso seguir mi ley, que es la ley del amor. No te costará hacer caso a la voluntad de mi Padre. Si me aman guardaran mis mandamientos. Y para que puedas cumplir con la ley de libertad – agrega el Señor- pediré a mi Padre que te envíe el Espíritu de la verdad, que te defenderá en medio de un mundo que se opone con violencia quien me sigue, y para que no te sientas huérfano me quedaré contigo.
Agradezcamos al Padre este don maravilloso de su Espíritu, que nos fortalece para cumplir con la ley del Amor, porque nosotros le amamos y queremos guardar sus mandamientos.
Emmanuel Barrientos
Coordinador FEG
Oremos con plena esperanza para que el Espíritu Santo sea derramado sobre nosotros.
Padre de nuestro Señor Jesucristo: Tu Hijo nos prometió que no nos dejaría huérfanos. Danos el Espíritu de la Verdad, para que esté con nosotros y viva en nosotros y así sepamos a dónde nos encaminamos; y para que sigamos a Jesucristo en el camino que conduce a ti y a los hermanos.
Que este Espíritu encienda en nosotros el amor de Jesús, para que hagamos visible y tangible a todos la Buena Noticia de su amor. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.


lunes, 28 de diciembre de 2015

Maldita soledad

Es difícil ser yo, inmerso en un mundo que parece no ser comprendido por nadie. Los días de fiesta no son festivos para mí porque aunque haya ruido externo, en mi corazón la soledad se apodera de mis entrañas. Los días son difíciles y mi soledad me acompaña, las paredes de mi habitación se han vuelto mi cautiverio y el silencio las notas de la única conversación que llega a mis oídos. Estoy solo, envidio a quienes tienen amigos, envidio a quienes les escriben mensajes de texto o los llaman por teléfono... A veces solo quiero llorar o salir corriendo pero a nadie le importa, mis lágrimas se deslizan lentamente por mi rostro como queriendo suicidarse contra el suelo y a nadie le importa; parece ser que mi ausencia no perturba a quienes me rodean, las paredes de mi cautiverio no me miran, no me hablan, no me dicen nada: estoy solo y rodeado de libros, de vez en cuando leo algunas páginas para intentar solapar este silencio absurdo que me grita y me echo en cara que no tengo amigos, que estoy destinado a una burda soledad que me corroe por dentro y me demacra externamente. No quiero estar solo, extraño la calidez de un abrazo inesperado, la dulzura de un beso en mis mejillas, la suavidad de una mano tomando la mía; el calor de la presencia de amor en mi vida. Lloro y a nadie le importa, odio la sensación de estar lejos, de sentirme así, abandonado, pensativo, con el teléfono en la mano como si alguien fuera a escribirme y decirme: te extraño, estoy pensando en vos, pero no... Mi compañía son mis lagrimas y estas paredes y el tiempo que marca mi reloj es interminable, eterno, y el dolor que de ahí mana me hiere y no sé cómo sanarlo... Es difícil ser yo, extraño los días en que la sonrisa iluminaba mi rostro desde el amanecer hasta la noche, extraño sentirme extrañado, extraño importarle a alguien, extraño momentos felices del día que poco a poco se extinguen de mi existencia, extraño la voz, cualquiera pero extraño la voz que no sea la mía. Estoy triste, solo y desde cautiverio desearía despedirme pero aún no es mi tiempo y al parecer a nadie le importa... 

jueves, 8 de enero de 2015

DE LOS PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO Y OTROS CUENTOS CHINOS...

Enero es, sin duda alguna, el mes de los sueños. ¿Por qué lo digo? Cada principio de año, la mayoría de las personas tiene un deseo "natural" de querer hacer de su vida una mejor, sea cual sea el aspecto que se quiera mejorar, corregir o reinventar.

Hay quienes hacen de esto todo un protocolo de año nuevo, con música de fondo o con un delicioso silencio, con el ánimo pueril de escribir palabras maravillosas en la primera página de esa agenda que provoca cosquillas con su delicioso olor a papel nuevo, o quizá, ese momento de inspiración en el teléfono móvil, en el iPad o en el elefante gris con fondo verde que  tan fiel amigo de muchos se ha hecho desde hace ya algún tiempo (Evernote, por si las dudas)... Y lo mejor de todo, es que ese majestuoso momento se hace, en la mayoría de las veces, con el ánimo al tope, creyendo que realmente se puede y se quiere lograr todo aquello que se escribe y que se propone.

El problema principal de este asunto no es soñar sino olvidar que los sueños, al igual que las personas no nacen sabiendo caminar, ni mucho menos sabiendo volar tan alto como algunas aves, muchos tienen el defecto de amputar los pies de sus propios sueños, de sus metas, de sus anhelos de ser mejores cada día. Lo principal, para poder ser consecuentes con esos propósitos del mes de los sueños, es tener disciplina, y si no se tiene, poner manos a la obra para poder adquirirla y con ella, poco a poco (porque no se puede esperar que los sueños se cumplan en un santiamén) ir edificando aquello por lo cual nos hemos esforzado.

La disciplina, requiere de una dosis muy alta de perseverancia, de coherencia, de ánimo, de fortaleza, de sacrificio, de esfuerzo, de perfección y desde luego, de amor propio. Se debe tener la constancia de  hacer de los pasos para alcanzar los sueños un hábito, desde el simple hecho de determinar, por ejemplo, la hora en que ha de levantarse al día siguiente y a qué.

Me atrevo a dar algunas pautas que podrían ser útiles para hacer más sencillo el camino hacia el cumplimiento de esos propósitos de año nuevo.

1- Al plasmar sus propósitos sea realista: no pretenda cumplir a la primera algo que usted sepa que es totalmente imposible para usted sin un proceso paulatino: por ejemplo, si usted no hace absolutamente nada de ejercicio, no puede pretender correr 20 km diarios en los primeros días... para ello deberá entrenar poco a poco.

2- Organice muy bien su agenda: Desde la hora de levantarse, y la hora de irse a la cama, hasta la manera en que piensa aprovechar sus ratos libres de manera tal que no se vea como tiempo perdido. La organización deberá hacerse, en la medida de lo posible, semanalmente con el fin de poder visualizar la distribución del tiempo en un plazo más prolongado y no esperar el último instante para hacerlo.

3- Respete lo que organizó en su agenda: Haga lo que tiene que hacer cuando tiene que hacerlo.

4- Lea todos los días: La lectura es un hábito indispensable en la vida de aquellos que quieran alcanzar el éxito y vivir con disciplina. Asimismo, aproveche su tiempo libre para leer no solo ficción sino noticias, un artículo en la web, algún ensayo...

5- Si usted es creyente, disponga en su agenda los tiempos de oración, reflexión, meditación o lectura espiritual; si no lo es, recuerde que su autoconocimiento y crecimiento personal también requieren tiempo de calidad.

6- Si tiene pereza y no quiere hacer lo que dice su agenda, recuerde que el trabajo que no haga en el momento que le corresponda se verá acumulado en el espacio destinado para hacer alguna otra labor, por lo que perjudicará no solo su nivel de estrés sino que podría ver afectada la calidad del producto final de su trabajo.

7- Sea constante cada día. Recuerde que todo sacrificio conlleva una recompensa. Sea fiel a sus propósitos, decídase a lograrlos y cuando lo haya alcanzado, recuerde aquel título del Dr. Jorge Bucay, hay que llegar a la cima y seguir subiendo.

8-Haga de este, el mantra de su vida: Solo hay una forma de hacer las cosas: BIEN. Y si no puede a la primera, sea perseverante, en algún momento lo logrará.

9-No permita que las redes sociales invadan su vida durante las 24 horas: organice el uso de estas herramientas en un momento específico del día y no cuando simplemente le den ganas de hacerlo.

En sus manos está convertir esos sueños en realidad y no dejarlos como simples cuentos chinos.





viernes, 10 de octubre de 2014

SE ALQUILA POETA UNA NOCHE

Estaba sentado en mi silla, la de siempre, mientras el viento cantaba las alegres melodías que pueden escucharse entre la bruma densa de la noche y entre el ulular de un búho escondido tras la espesa vegetación de la montaña que, dulcemente, abrazaba mis sueños como si se tratase del más dulce calor materno.

Un libro entre mis manos, el título no lo recuerdo, pero sí el sabor amargo del tabaco en mis labios como tantas otras noches solitarias de poeta; de ese tipo de poetas que pasan inadvertidos ante la gente mas no ante la naturaleza y el cielo, quienes son y han sido los más fieles testigos del nacimiento de mis versos, estos, tan simples y llenos de sueños, de esperanzas y anhelos; que luchan cada noche por cantar las maravillas cotidianas que aunque invisibles, resultan interesantes y perturbadoras en el oído y el alma de aquellos quienes nunca se han alquilado para soñar, ya por falta de sueños, ya por sueños descalzos. 

La noche en silencio y el silencio de fiesta, los versos en paz y la paz en guerra. A lo lejos una luz tenue, reflejada en los ojos de la princesa del sueño y de la noche. Avanzaba hacia mí con una velocidad semejante al color verde del prado en las mañanas y con un aroma a cielo húmedo que penetraba mi ser y se desplazaba por mi piel acariciándola suavemente, y yo, seguía aún con mis manos ocupadas: en una, el tabaco; en la otra, el libro; y en la otra (porque esa noche recuerdo que tuve tres manos) sostenía la impaciencia de ver el rostro de aquel sueño bañado de luna. Ya estaba cerca, tanto que pude ver mis ojos en los suyos y sentir en mi rostro el calor de su ya agitada respiración. Su cabello liso se desbordaba de su cabeza para caer caprichosamente en mis hombros y aferrarse a mi cuerpo como las raíces de un gran árbol en la tierra. No tuve más remedio que callar aunque el silencio me gritaba. Su mirada, profunda por naturaleza, me obligaba besarla.

Nunca supe quién era, ni su nombre, ni siquiera su voz. Pero aquella noche el verso se transformó en carne y los segundos en placer, aunque este viviera tan solo en mis sueños.

De nuevo, esta noche, sentado en aquella silla, la de siempre, quise cambiar el libro por una pluma, y con el sabor amargo del tabaco en mi boca, cantar lo que hace lunas pasó, mientras el viento cantaba y un búho se escuchaba ulular a lo lejos.

viernes, 3 de octubre de 2014

VERSOS DE PUTA

Quizá el lupanar se encuentra en silencio
porque esta noche ha muerto la más puta
aquella de pechos grandes y piernas sabrosas
aquella que todos miraban pero nadie quería

aquella a quien en lo oscuro los hombres tenían
y ella como niña lloraba en silencio
recordando tantas noches marchitas
fingiendo sonrisas y falsos orgasmos
vomitando de asco y odiando esa vida

pero eso no era lo que los hombres creían
la veían bailando y botando sus ropas
veían en su rostro esa falsa alegría
todos deseaban tenerla entre piernas
y ella anhelaba acabar con su vida

pero aún se recuerda la noche de antaño
en medio de copas y caros cigarros
el hombre de traje negro sentado en un banco
mirada profunda y dientes muy blancos

quien se acercó muy lentamente a la puta
y con su índice le rosó los labios
y aquélla sintió un espasmo en su vientre
y como nunca deseos de amarlo

de tomar en sus manos el rostro
de aquel extraño de dientes muy blancos
con sabor a tabaco en su boca 
con sabor a deseo en sus labios

esa noche ellos se amaron
se entregaron al placer sin medidas
se entregaron al placer de los dioses
se olvidó ella que él era un extraño
se olvidó él que ella era una puta

de ahí en adelante se siguieron amando
cada noche cada instante por haberle besado los labios
por haber sentido el latir de su pecho
por haber nacido en medio del llanto

pero noches y lunas pasaron
ella se enamoraba en silencio
y él se burlaba de tan tonta chiquilla
pocos años tenía su vida
muchas noches su pesadilla

él se alejó de sus sueños
ya no visitaba su cama
nunca conoció sentimientos
ni quiso ver más allá de las sábanas

esta noche el lupanar se encuentra en silencio
porque han encontrado un cuerpo desnudo y frío en la cama
con una nota en papel de baño que decía
esta noche no muere una puta

esta noche muere una mujer que ama

sábado, 13 de septiembre de 2014

QUIERO...

Quiero aprender el mapa de tu cuerpo
quiero que mis labios te sepan de memoria
quiero que mis dedos escriban en tu piel
los versos que te cuento en esta historia.

Quiero tomarte despacio de la mano
y caminar con vos en medio del campo
con el sol dando muy suave en el rostro
y vos preciosa con un vestido de encanto

Quiero soñarte esta noche y las que siguen tenerte cerca y contemplarte 
hacer de tu cuerpo mi templo donde con ternura yo venga a adorarte...

SOLO QUIERO...

Hay noches en que solo quiero conversar
en que añoro el encuentro de vos conmigo
en que anhelo tu oído atento y tu sonrisa tierna tus palabras suaves y tus manos bellas

Hay días en que no me importa nada,
y solo quiero el silencio absoluto de mi casa
donde mis pasos no sean disturbio 
de alguna lectura atenta o una idea furtiva mientras la lluvia abraza mi enorme melancolía

una tristeza eterna por saberme desolado, no por mis silencios no porque el mundo me piensa en un claustro
sino porque siento que no soy tan amado, que mi conversación no hace falta, ni los besos de mis labios,
ni los versos que hoy escribo
ni mi presencia, ni mi llanto.

Hay tardes en que me siento marchito
en que mis raíces creen secarse y en que mi silencio es más que un grito 
que me asfixia muy despacio
que me ahoga así en secreto
que me tiene desolado
que me niega ese espacio
para sentirme un hombre amado.

Hay noches en que no quiero sexo
en que quiero tu silencio tus caricias
tus abrazos en que escuchar latir tu pecho es mejor que mil orgasmos
en que verte o pensarte a los ojos es lo que he añorado, es tan solo un sueño que ha nacido de este llanto que yo llamo soledad...








jueves, 11 de septiembre de 2014

El silencio, la cocoa y su mirada...



El silencio era absoluto, tanto que ensordecía la habitación de aquella cabaña que se asemejaba a un retrato en sepia, era como estar viendo a través de una ventana que exhibía el pasado. El olor a tierra húmeda podía percibirse mezclado con aquel aire frío, con aquella sensación que producía estar ahí, sentado en una vieja silla de madera, tecleando algunas ideas que parecían nacer por sí mismas, sin mucho aspaviento, sin mucha murmuración, era como una relación subliminal entre la mente de aquel hombre y los movimientos acompasados de sus dedos al contacto con la laptop frente a la ventana más grande de aquella sala de estar. 

Las ideas empezaban a mezclarse unas con otras, al ritmo del viento que soplaba con fuerza. Él cerraba sus ojos como intentando ver los ojos de aquello que hacía de su cabeza un maromero, de aquello que lo tenía ahí sin tener claro el porqué, pero que parecía atormentarlo minuto a minuto como si estuviese poseído por mil demonios y en ese preciso instante todos ellos quisieran puyarlo por dentro con el tridente de Satanás.  

Sus piernas empezaron a moverse con rapidez, más la derecha que la izquierda, era una manera de ir liberando energía de aquella bomba que quería explotar esa noche en medio de la montaña. Sus brazos estaban apoyados en el borde de un deteriorado escritorio de cedro, cuya superficie, áspera, vieja, tosca, torturaba la piel del hombre ensimismado y absorto en medio de sus pensamientos, como aquella ocasión en que Narciso fue víctima de sí.

Un movimiento de cabeza, girando de un lado a otro,  intentando disminuir la tensión que aprisionaba su cuello; sus ojos, con un resplandor extrañamente distinto, se abrían y cerraban despacio, como queriendo enfocar una realidad que solo en su mente parecía ser.

        Siempre ha sido difícil la particular existencia del yo singular y único como debe ser, y no ser parte de la raza de los yo plurales, que se asemejan a la producción masiva de productos en el mercado actual, todos son iguales, pero siempre hay quienes añoran ser más iguales que otros, como los cerdos de Orwell. 

El silencio se fue tornando particularmente especial, en él, empezaron a mezclarse unos pasos suaves sobre la madera de aquella cabaña. Él seguía inerme de lo que pudiere haber fuera de su caverna platónica, los sonidos habían desaparecido, el entorno se reducía rápidamente a medida que avanzaba en su escritura, sus manos traducían al lenguaje de los hombres aquellos pensamientos nacidos de la fuente del Olimpo, brotando con la suavidad del anhelo de encontrarse con su alter ego y hacer con su vida lo que cualquier sensato que estuviera en su lugar haría, mirar directamente el alma de quien estuviese de frente, y esperar a que las sensaciones físicas empezaran a manar tan solo para concertar una cita silenciosa sin mediación de palabra alguna, donde el ser supera el idioma y las miradas son capaces de desnudar el ánima de aquellos que han nacido predestinados por el laberinto cósmico a hacer de sus yo singulares algo más que su esencia semántica per se.

Una mano derecha puso a su lado una taza color turquesa que expelía un aroma delicioso a cocoa caliente; casi ipso facto, una mano izquierda se deslizó lentamente por su hombro mientras unos labios tibios, quizá por algún sorbo adelantado de la cocoa, le rozaron la mejilla y lo hicieron estremecerse al sacarlo abruptamente del sendero que seguían sus palabras. Sin decir nada, cerrando los ojos, dejó de escribir por un instante para poder corresponder la caricia que le hacían, el simple encuentro de dos manos que al encontrarse decidieron quedarse quietas.

Ella intentó leer lo que proyectaba la pantalla del computador, pero él, con sutileza, interrumpió aquel acto reflejo natural al clavar sus ojos castaños en el brillo de aquella mirada que le provocaba el revoloteo de las mariposas amarillas de Aureliano en sus meras entrañas mientras estaba preso de una extraña soledad compartida. Ella lo sabía, sabía lo que pasaba con él en ese preciso instante, por lo que sus mejillas, bellas por naturaleza, empezaron a sonrojarse rápidamente mientras las comisuras de sus labios dibujaban una sonrisa que causaba el mismo efecto que si hubiese tirado un puñado de arena en medio de las mariposas. Sus corazones, sincronizados por el aceleramiento, latían con estrépito, a la vez que las mariposas de él se trasladaban imperceptiblemente hacia ella, él sabía que eso sucedía. Ambos sonrieron, como dos niños bobos avergonzados ante aquel instante. No pronunciaron palabra alguna, como si comprendieran que hay momentos en que el lenguaje de los hombres sobra y se ha de dar paso al lenguaje del alma, ese que es capaz de hacer comprender al menos entendido y de hacer sentir a los corazones de piedra. 

Ella se sentó en los regazos de él, mientras le acariciaba con su dedo índice la punta de la nariz sin quitarle la mirada de encima, la sensación del revoloteo se multiplicaba más mientras sus corazones, cual corceles salvajes galopaban a toda prisa queriendo ser uno con el prado extendido bajo sus pasos. Él quiso besarla, pero se sentía intimidado ante la presencia de ella, ella lo sabía, y quiso decírselo ahí, pero su voz, que se quiebra fácilmente y tiende a desaparecer cuando los nervios son tales que hacen que las manos suden y su respiración se dificulte, no pudo. Él, que tenía su mano tímidamente apoyada en la pierna de ella y utilizando solo los dedos índice y medio de su mano derecha, le acarició un pómulo, y empezó a juguetear como escribiéndole un poema en la piel. Ella cerró los ojos, dejó de pensar y empezó a sentir. A cada movimiento podía sentir con los cinco sentidos; sus ojos, cerrados al mundo, veían todo aquello que tiempo atrás había deseado; su tacto buscaba sentir la piel de aquel hombre que la hacía sentir todo como si fuera nuevo; sus oídos, escuchaban atentamente las melodías del silencio que aquella noche deleitaban su alma; su olfato, conectado con su cuerpo entero la hacía respirar profundo para sentir el aromaque él particularmente  tenía y que a ella tanto la atraía; cuando quiso enfocarse en la sensación del gusto, abrió los ojos y fue ahí cuando observó, como en cámara lenta, cómo él se le acercaba para besarla, y de nuevo, los cinco sentidos hacían gala con ella, las mariposas importadas la estremecían una y otra vez, mientras deseaba con todo su ser hacerse una con él, su cuerpo lo pedía, su alma lo añoraba y su corazón escribía atento cada uno de esos detalles que se iban desentrañando ahí, en los regazos de él, sobre la vieja silla de madera, en la cabaña en sepia, con el aroma a tierra húmeda en aquella habitación helada. 

Él tomó la taza de cocoa que ella le trajo, ya estaba un poco fría, la bebió de un trago. Se levantaron de la silla. Él la tomó de mano, pudo sentir el sudor de ella. Empezó a desnudarla lentamente, sus manos temblaban nerviosas, uno a uno fue desabrochando los botones de la blusa color azul  oscuro que llevaba puesta, no podía dejar de mirarla. Ella seguía con los ojos cerrados, haciendo algunos gestos con su rostro. Él, continuó desnudándola, primero el broche del jeans, luego, muy despacio, 

bajó la cremallera, apoyado en los costados del pantalón empezó a bajarlo poco a poco hasta dejarla solamente con las bragas color menta y semitraslúcidas puestas. De nuevo, sus dedos quisieron acariciarla. Su índice empezó un recorrido lento por el rostro de ella, bajando por su cuello, hasta llegar a sus pechos, ahí, empezó a juguetear muy delicadamente con los pezones, a penas y los tocaba, mientras con la yema del dedo lo rodeaba con la misma ternura que minutos antes la había besado. Ella se estremecía. Él la deseaba. La mano de él siguió bajando muy despacio por el vientre de ella. Se detuvo a la altura del ombligo. Siempre tuvo una atracción especial por esa parte del cuerpo, se le acercó aún más. Ella, al sentir el calor de la respiración de él, se estremecía aún más. Él la besó muy suave alrededor del ombligo, sus manos aprovecharon para empezar a deslizar suavemente y hacia abajo la única prenda que cubría la piel de aquel ángel atrapado en el cuerpo de una mujer preciosa. Estaban ahí, él, completamente vestido y ella, desnuda, preciosa, perfecta, con los ojos cerrados, como un lienzo puro sobre el cual se escribiría el verso más hermoso. 

Él se incorporó; la tomó del rostro, con las dos manos, con la ternura plena con la que ha de tratarse algo creado con material tan fino y de manera tan perfecta. La besó. Ella se dejó besar. Él la quiso entre sus brazos. Ella quiso querer estar en los brazos de él.

De nuevo, el silencio era absoluto, tanto que ensordecía la habitación de aquella cabaña que se asemejaba a un retrato en sepia, era como estar viendo a través de una ventana que exhibía el pasado, pero esta vez, el calendario indicaba que el tiempo había pasado.

De pronto, con un movimiento brusco, él despertó, vio a su lado y no había nadie junto a él. Su corazón estaba muy agitado. Miró de reojo el reloj en su mano derecha, marcaba las 3.47 am. Sonrió y pudo recordar aquella mirada que lo había hecho cautivo y que ahora, extrañamente lo hacía imaginar cientos de mariposas amarillas revoloteando por un campo. 


San Carlos, 11 de septiembre de 2014.


viernes, 11 de julio de 2014

LA INUTILIDAD DE LA GUERRA

Es doloroso ver cómo el mundo se destruye a sí mismo, ver la cantidad de muertes de niños y de personas inocentes alrededor del planeta a causa de diversas guerras, de violencia, de hambre. Es doloroso que haya "seres humanos" que lucren con el sufrimiento de otros seres humanos; le doy vueltas una y mil veces a la situación de Gaza y de Israel y me duele, de verdad me duele. Me siento impotente ante esto y analizo de muchas maneras distintas en qué puedo ayudar desde mi posición como educador, como padre, como hombre, como esposo, como cristiano. Es mi deber fundamental seguir orando por la paz en el mundo, así como es mi deber, seguir educando para que los valores universales, el amor al prójimo y la sensibilización de los corazones de piedra se haga cada vez más fuerte y con más sentido que nunca.

Es doloroso ver, desde una perspectiva filosófica cómo se ha dejado de lado el verdadero sentido de la existencia para canjearlo por un absurdo y abominable deseo de poder (como si esto fuera indispensable en la vida cuando ni siquiera es necesario). La inutilidad de la guerra, mismo título del italiano Igino Giordani, es la esencia de lo que siento y veo en estos días; una sociedad fría, que mata así nomás, sin medir las consecuencias de la violencia execrable que deja cada vez a niños huérfanos y a madres sin sus hijos; duele ver imágenes de pequeños tirados en las calles, destrozados por misiles y bombas, duele ver cientos de hogares convertidos en escombros y duele saber que hay personas, hermanos míos y tuyos, que esta noche no tienen donde dormir, ni qué comer, y quizá, no tienen ni el valor para conciliar el sueño debido al miedo de morir en el intento.

La guerra es inútil, no sirve para nada, no ayuda a mejorar ni a hacer de los pueblos algo mejor; la guerra, es inútil, no educa personas para que sean mejores, no enseña a contemplar los amanecer ni a acariciar las flores, no enseña que se puede más con una sonrisa que lanzando una piedra, la guerra ensucia el alma y afea la tierra, por eso no entiendo por qué las personas pelean, se matan, se dañan sin siquiera conocerse. ¿Quién pintó el cielo así? le preguntó una dulce niña a su madre; puedo imaginar el rostro sonriente de ella al responderle con franqueza a su pequeña que ha sido Dios el autor de tan magna belleza.

Puede más un abrazo que la guerra, puede más una mirada distante pero sincera que una ofensa malsana que a lo lejos fermenta un odio que calcina y que oxida. Puede más un minuto de silencio en la casa que ora antes del almuerzo que un zumbido ensordecedor de misiles de guerra que destruyen ilusiones, que cercenan castillos que van más allá que la arena; puede más la caricia de un niño de pecho que la bofetada que sabe a venganza y que pronto provoca ese frío que la soledad mal vivida provoca, esa soledad que nace producto de la envidia, del egoísmo, de todo aquello que nos separa de la luz cálida de un sol al atardecer o de la brisa fresca que siente en la montaña.

Estoy harto de la guerra, porque no hay ninguna explicación lógica que la justifique, el ser humano debería dedicarse a ser feliz de una vez por todas y así dejarse de tanta pendejada, de andar ahí como itinerante vagabundo complicando la existencia propia y las ajenas, estoy harto de que haya lágrimas donde deberían desbordarse las sonrisas, debería haber más escuelas que cárceles, más parques que armas de guerra, más balones, legos y muñecas que misiles y que aviones de guerra, debería haber más niños corriendo libres bajo el sol de la mano con sus padres y menos soldados lejos de sus familias matando por un sueldo a sus propios hermanos.

La guerra es la respuesta de los débiles y de los que tienen miedo de ser lo que verdaderamente son, seres humanos, que en su naturaleza pura son una raza buena, solo hay que quitar ataduras, distingo de credos, de color de piel y eliminar las fronteras, somos hijos de un mismo Dios y nuestra casa es la Tierra, somos hermanos, somos hombres, somos la esperanza de quien hoy llora y se lamenta, somos nosotros los hombres, como dijo Jorge Debravo; somos el silencio en el ruido y la sonrisa en el llanto,  somos todos iguales porque somos hermanos.












domingo, 29 de junio de 2014

LA CARRETA DE TROYA

Hoy mi corazón ha sido llevado directo al Olimpo, en un viaje que tardó poco más de ciento veinte minutos. Sentí cómo mi estómago se estremecía tras cada vuelo espectacular de Keylor Navas, evitando que alguno de esos dioses griegos hicieran con nosotros lo que con tanta maestría relató Homero, en la Ilíada,  a los troyanos, solo que esta vez, los guerreros fueron otros, y los héroes corrieron en un campo de fútbol, pero a este, ingresaron en la Carreta de Troya, y dentro cargaban con el coraje, orgullo y pasión de todo un país que hoy les agradece por llenarnos la vida de felicidad, por hacer que los males sociales, económicos y políticos que se desarrollan en la madre patria, sean dejado de lado durante unos momentos y nosotros, los ticos, esa gente de este país chiquitico, que desayuna gallo pinto con huevo y toma café casi todo el día, nosotros los ticos, esos del PURA VIDA, del TUANIS y del MAE, podamos experimentar en carne propia lo que por años han vivido casi de manera exclusiva los habitantes de los países poderosos e históricos del fútbol, pero ahora, luego de llegar como la cenicienta del mundial, podemos decir que enfrentamos y vencimos gigantes y dioses y que con humildad y mucho trabajo y sacrificio, nuestra selección de fútbol le pondrá más ganas que nunca para seguir haciendo realidad los sueños de este país chiquitico y corrongo, que no debe envidiar a nadie en el orbe, porque hoy, a Dios gracias, podemos decir que somos el país más feliz del mundo, hoy seguimos escribiendo historia y cada uno, a su manera le ha hecho saber al mundo el verdadero orgullo que significa ser ticos, hoy, hemos vengado a los caídos en la guerra de Troya, hoy sé que Eneas sonríe porque hemos vencido a los dioses que tanto mal hicieron a su pueblo, hoy hablo de fútbol, de esperanza, de sueños, de felicidad, hoy, con la roja bien puesta y con el recuerdo de las lágrimas de felicidad que la tapada de Navas y el golazo de Umaña nos dieron, quiero decir que el camino sigue, que el límite de los sueños está dónde cada uno crea que es capaz de llegar. Hoy una carreta con guerreros ha dado la victoria a una nación entera. Gracias Sele, que Dios bendiga a Costa Rica.


domingo, 25 de mayo de 2014

MI FILOSOFÍA CONSISTE...

Mi filosofía consiste en saber escuchar el canto de las flores
en saber sentir las caricias del viento
en saber que el silencio habla
cuando menos lo espero
y en saber que las páginas de los libros son baúles de sueños

Mi filosofía consiste en hacer de los versos el pilar de mis pasos y en buscar los anhelos que otros dejaron
ya por olvido o descuido o porque su niño interior creció y en un barco haya zarpado

Mi filosofía consiste en montar mi bicicleta y hacerlo despacio con el viento golpeándome el rostro cansado de aquellos que han creído que errar no es de humanos

Mi filosofía consiste en escribirle historias a los papeles en blanco susurrarle al oído los hechos de mundos cercanos cargados de sueños de luces de colores y de flores sin llanto de amores en tonos sepia y con nieblas de Praga y leyendo un libro y un café y un abrazo.  




viernes, 23 de mayo de 2014

SOY EDUCADOR...

Ya me cansé de que me llamen vago, de tener que estar dando explicaciones a tantas y tantas personas que creen que estamos en huelga por perder el tiempo y no ir al trabajo, ya me cansé de que me hagan malas caras y de pasar estresado 24 horas al día por no ver la luz pronto en medio de tanto problema que se da en el Ministerio de educación; ya me cansé de que me amenacen, de que los medios de comunicación digan noticias a medias, de que se burlen de los educadores que luchamos en las calles por aquello que legítamente nos corresponde, ya me cansé de ver cómo hay docentes con hambre y han tenido que mendigar para poder llevar alimento a sus hogares, ya me cansé de que la sociedad nos vea como bichos raros, como peleones, como mercenarios, como ladrones, como delincuentes vagabundos, ya me cansé de que las personas se quejen porque llegaron tarde al trabajo o a la universidad porque nosotros estábamos haciendo escuchar nuestra voz en las calles ya que la televisión y los periódicos solo dicen una versión de los hechos y lo hacen de manera incompleta, manipulada y terjiversada, ya me cansé de estar discutiendo en redes sociales con personas que se dejan manipular por información errónea donde nos ponen como si fuésemos unas bestias apocalípticas que han tomado las calles para chupar sangre y comer chiquitos, me cansé de que me llamen al patriotismo cuando lo que hago es vivir en este día a día lo que canto en el himno nacional: "cuando alguno pretenda tu gloria manchar, verás a tu pueblo valiente y viril"; me cansé de que las autoridades gubernamentales digan que han solucionado el problema cuando en realidad solo han dado pequeños pasos para paliar tan grave cáncer que está carcomiendo las bases de la educación costarricense, me cansé de no ser comprendido, de tener que gritar para hacer que mi voz se escuche más allá de las paredes de mi casa, me cansé de que digan que he perdido el tiempo valioso de mis estudiantes cuando lo que estoy haciendo es enseñarlos a luchar por sus derechos y por su dignidad, me cansé de que se ponga en tela de duda mi vocación, mi amor por la enseñanza, mi profesionalismo y la calidad de mi trabajo, me cansé de ser una marioneta en manos de algunos políticos que a pesar de haberse ido han dejado su veneno en las entrañas de este país que amo con todas mis fuerzas, me cansé de  declaraciones fueras de tono, equívocas, alucinadas e irreverentes de muchos que han olvidado que la educación es el pilar de la sociedad en todo el mundo, me cansé de estresarme y de tener migrañas por pensar en mil maneras para que la educación costarricense sea mejor cada día aunque no parezca importarle a tantas y tantas personas; pero, a pesar de todo, sigo en pie, firme, aunque mis piernas tiemblen, aunque mi corazón flaquee, aunque el mundo entero se me caiga encima, y sigo firme porque amo lo que hago, porque quiero una Costa Rica mejor para nuestros hijos, para nuestros estudiantes, para nuestras familias, quiero que de verdad la educación costarricense sea integral y de calidad en todas las áreas y etapas. Quiero y deseo desde lo más profundo de mi alma que el problema se solucione, quiero volver feliz al aula, con la frente en alto y hacer que mejor hago: educar y formar personas. Soy educador, mi arma es mi palabra y mi motor son mis sueños. ¡Vivan siempre el trabajo y la paz".

Profesor Alonzo Álvarez Vega
Doctor en educación

jueves, 22 de mayo de 2014

SOY EDUCADOR...

Ya me cansé de que me llamen vago, de tener que estar dando explicaciones a tantas y tantas personas que creen que estamos en huelga por perder el tiempo y no ir al trabajo, ya me cansé de que me hagan malas caras y de pasar estresado 24 horas al día por no ver la luz pronto en medio de tanto problema que se da en el Ministerio de educación; ya me cansé de que me amenacen, de que los medios de comunicación digan noticias a medias, de que se burlen de los educadores que luchamos en las calles por aquello que legítamente nos corresponde, ya me cansé de ver cómo hay docentes con hambre y han tenido que mendigar para poder llevar alimento a sus hogares, ya me cansé de que la sociedad nos vea como bichos raros, como peleones, como mercenarios, como ladrones, como delincuentes vagabundos, ya me cansé de que las personas se quejen porque llegaron tarde al trabajo o a la universidad porque nosotros estábamos haciendo escuchar nuestra voz en las calles ya que la televisión y los periódicos solo dicen una versión de los hechos y lo hacen de manera incompleta, manipulada y terjiversada, ya me cansé de estar discutiendo en redes sociales con personas que se dejan manipular por información errónea donde nos ponen como si fuésemos unas bestias apocalípticas que han tomado las calles para chupar sangre y comer chiquitos, me cansé de que me llamen al patriotismo cuando lo que hago es vivir en este día a día lo que canto en el himno nacional: "cuando alguno pretenda tu gloria manchar, verás a tu pueblo valiente y viril"; me cansé de que las autoridades gubernamentales digan que han solucionado el problema cuando en realidad solo han dado pequeños pasos para paliar tan grave cáncer que está carcomiendo las bases de la educación costarricense, me cansé de no ser comprendido, de tener que gritar para hacer que mi voz se escuche más allá de las paredes de mi casa, me cansé de que digan que he perdido el tiempo valioso de mis estudiantes cuando lo que estoy haciendo es enseñarlos a luchar por sus derechos y por su dignidad, me cansé de que se ponga en tela de duda mi vocación, mi amor por la enseñanza, mi profesionalismo y la calidad de mi trabajo, me cansé de ser una marioneta en manos de algunos políticos que a pesar de haberse ido han dejado su veneno en las entrañas de este país que amo con todas mis fuerzas, me cansé de  declaraciones fueras de tono, equívocas, alucinadas e irreverentes de muchos que han olvidado que la educación es el pilar de la sociedad en todo el mundo, me cansé de estresarme y de tener migrañas por pensar en mil maneras para que la educación costarricense sea mejor cada día aunque no parezca importarle a tantas y tantas personas; pero, a pesar de todo, sigo en pie, firme, aunque mis piernas tiemblen, aunque mi corazón flaquee, aunque el mundo entero se me caiga encima, y sigo firme porque amo lo que hago, porque quiero una Costa Rica mejor para nuestros hijos, para nuestros estudiantes, para nuestras familias, quiero que de verdad la educación costarricense sea integral y de calidad en todas las áreas y etapas. Quiero y deseo desde lo más profundo de mi alma que el problema se solucione, quiero que se me respete, quiero que la dignidad de mi vocación sea recordada por siempre, quiero que realmente se valore el proceso digno de enseñanza aprendizaje, quiero volver feliz al aula, con la frente en alto y hacer que mejor hago: educar y formar personas. Mi nombre es Alonzo, Soy educador, mi arma es mi palabra, mi motor son mis sueños y ustedes, hermanos docentes, son mi fuerza. Seguimos en la lucha.  ¡Vivan siempre el trabajo y la paz".

Profesor Alonzo Álvarez Vega
Doctor en educación

viernes, 21 de febrero de 2014

QUIERO SER EN DIOS

Solo te quiero a ti, Dios mío. Mis días se vuelven eternos, cansados, tristes, agobiados, cuando no te permito estar conmigo. 

No soy yo, es lo que soy sin ti, lo que me afecta la vida. No quiero nada de este mundo, quiero ser capaz de renunciar a todo y poder seguirte, poder ir a tu encuentro, buscarte en el silencio, mirarte a los ojos y saber que necesito de ti, de tu amor, de tu palabra, de tu ser... 

Necesito sentir que estás conmigo, necesito un tiempo a solas, lejos de todo, lejos de las distracciones del mundo, tan solo para escucharte y poder   saber qué decisión tomar, qué camino seguir para cumplir así tu santa voluntad. 

Señor mío, necesito despertar en la mañana y sentir un ardor en mi pecho ansioso de estar contigo, de buscarte en la oración, de sentarme en medio de la oscuridad de mi habitación, respirar profundo y tener la certeza de que estás ahí, junto a mí. Quedarme así un rato y luego encender la luz, recorrer los salmos contigo y alabarte, llenarme de tu palabra en el inicio del día y entregarme a la jornada con la única convicción de que mis actos te enaltezcan y me conduzcan a la santidad a la que me llamas.

Necesito, Señor mío, la fortaleza para enmendar mi vida, ser el mejor esposo, el mejor padre; ser luz en el camino de los que se encuentren conmigo, ser amigo, compañero, hermano, ser fiel a tu mandato, ser constante en el tiempo de oración, ser fuerte y humilde en las pruebas y tener la virtud de saber llevar una vida recta para poder asemejarme a ti. 

Solo necesito de ti, Señor. 

"No es lo que pueda ser yo, es lo que tú puedes hacer en mí"


jueves, 24 de octubre de 2013

LA COSTA RICA QUE QUIERO...

Me encanta despertar en las mañanas, voltear mi cabeza y ver a mi esposa junto a mí. Eso me da seguridad, confianza y, me hace sonreír.

Luego, mientras me desplazo en moto hacia el Liceo Rural donde trabajo, soy capaz de sonreír y de soñar. Hay varias ideas que me surgen de pronto y, en definitiva, todas llevan a un mismo ideal: la Costa Rica mejor que añoro.

Estoy harto de algunas gentes que pretenden tratar al pueblo costarricense como si se tratara de un grupo de imbéciles, que pueden ser comprados con calzas, cepillos dentales y dentífricos baratos; estoy harto de que quieran seguirse burlando de aquellos que necesitan más apoyo y se venden al mejor postor por unas migajas de pan. ¡Con el hambre de los pobres no se juega! Hay personas que son inocentes, que tienen aún ese brillo limpio en sus corazones y que por un cruel destino a nivel económico y social tienen la esperanza de que sus gobernantes realmente se preocupen por ellos y no por engrosar sus billeteras. ¡Con eso no se juega! Hacerlo es como mentirle a un niño con el fin de explotarlo, es como pactar un negocio infructuoso, es como estudiar un libro de matemáticas para resolver un examen de español.

Estoy harto de algunas otras gentes, que no son tan pobres como para dejarse convencer por una calza, una lata de zinc o un desfile navideño en el festival de la luz; esa gente que a pesar de ser consciente de la inoperancia, ineptitud, indiferencia e incapacidad demostrada por casi un cuarto de siglo, se vende al mejor postor con el único fin de obtener un beneficio propio: llámese un puesto en una silla cómoda, una promesa de propiedad en algún ministerio, un trabajo, un favor, etcétera. La política no es para eso, la política es para gobernar en función del pueblo y, señoras y señores, el pueblo somos todos, sin dejar a nadie por fuera; el pueblo no son unos señores con dientes blancos y rectitos, no son unas señoras con trajes acicalados y zapatos de suela roja, el pueblo no son personas que necesitan hacer un censo para encontrar a los pobres, el pueblo no son ocho años consecutivos de mala administración, de decisiones erróneas, de incapacidad de gobernar para el pueblo, ese pueblo que vive con salarios mínimos, que come arroz y frijoles y la ve peluda cuando de dinero se trata. Basta con abordar un autobús de algún distrito en la zona rural y ver la sencillez en esos rostros curtidos por el sol, en esas manos llenas de callos por el trabajo de campo, basta con ver estudiantes que dejan las aulas por ir a ganarse cinco mil colones sembrando yuca o cosechando piña. El pueblo es ese grueso de la población que necesita que la canasta básica tenga un precio razonable, que necesita que se fortalezca cada día más la educación pública en todos sus niveles y no que se beneficie a la privada.

Estoy harto, de ver cómo seguimos siendo unos lava güevos cuando de obtener beneficios se trata. Estoy harto de ver cómo se desperdician cientos de millones de colones en campañas publicitarias para mejorar imágenes que ni instagram en su filtro más chiva podría mejorar; pero construir una escuela o darle pupitres dignos a los centros educativos que trabajan en salones comunales o debajo de un árbol, darle más dinero a los centros educativos para alimentación, útiles, zapatos; eso sí sería mejorar la imagen; no simplemente surtir de carros del año a personas que no son capaces de organizar estratégicamente un gobierno enfocado en puntualizar soluciones para los problemas más evidentes y actuales.

La Costa Rica que quiero y que sueño no necesita que el candidato verdiblanco llegue al poder con nuestra complicidad, sabiendo con antelación que su ineficiencia tiene casi un cuarto de siglo de dejar a un San José en ruinas. La Costa Rica que quiero necesita que todos los costarricenses seamos responsables y pensemos muy bien nuestro voto, que busquemos soluciones, que trabajemos en equipo, como un pueblo, como cuando éramos chiquillos y creíamos que no había gente mala. La Costa Rica que quiero debe abrir los ojos y  hacer historia y esa historia no se hace quedándose en casa sin votar, se hace yendo responsablemente a la urna y decir: no más liberación nacional, yo sí quiero una Costa Rica mejor.

LA RATA...

Hay ocasiones en que el impulso y la inercia hacen que un hombre deje de ser hombre y con la dulce calidez de la sangre en sus manos y con el aroma a venganza en su piel, deje completamente de lado cualquier inhibición o condicionamiento moral, porque en la guerra personal todo es válido, incluso gozar y disfrutar de haber contribuido para que alguien dejara de existir y, con la ecuanimidad y paz del deber cumplido, tomar esta noche la decisión de narrar lo que me ha sumergido en esta celda, no de una prisión sino del fondo de mi alma y con lo amargo del tabaco en mis labios dejar que fluyan las palabras que describirán cada hecho tal cómo fue. Y que quede claro, no me arrepiento de nada, simplemente porque ella, esa noche, tenía que morir.

Mi nombre es Bruno, pero solo mi madre y yo parecemos saberlo. En treinta y dos años de vivir errante por los senderos de esta patraña de existencia, mi nombre no me era muy familiar, pues todos, desde mi familia hasta mis compañeros de la secundaria sólo se referían a mí con el ridículo apodo de La Rata. Sí, aún hoy, hasta en la prensa me dicen así, no soy un hombre, no soy humano, no soy el fruto del amor, sino de una sociedad de mierda que me ha puesto donde estoy, pero no me duele, soy y seré simplemente La Rata. Y eso porque mi figura nunca ha sido de muy buen ver para ésas que se dicen mujeres y lo son tan solo porque sus testículos son internos y no porque merezcan el calificativo de hembras. Y no me refiero a todas, porque hay unas de esa raza que sí son mujeres y por quienes tengo admiración y respeto, pero la superficialidad de muchas me ha llegado al alma y hoy a mis manos.

Como decía, la naturaleza fue injusta conmigo, en cuanto a lo estético, pero mi cerebro es más bello y grande que cualquier teta que pueda comprarse con dinero, y mi capacidad de crear por medio de la palabra sobrepasa cualquier placer, incluso aquel que me ha teñido de sangre. Crecí siendo un niño solitario, jugaba en silencio detrás de los baños de la primaria porque me molestaba la gente, siempre me ha molestado la gente, su presencia me incomoda, su olor me provoca asco, sus palabras me parecen absurdas y su capacidad mental a veces sobrepasa los límites de la propia estupidez de la raza inferior.

Esa mañana desperté decido a matarla. Mi mente lo había meditado muy bien. Lo asevero, no fue un impulso, realmente quise eliminarla. Aunque pueda resultarte extraño e inverosímil mi caprichoso lector, esa mañana fue como cualquier otra, no tenía nada de particular, exceptuando que ese día conmemoraba el peor momento de mi vida, pero no lo recordaba, sino hasta después de haber culminado lo que tuve que hacer.

Una taza de café, un plato de cereal integral con leche, y unos gritos y voces en mi cabeza serían mi compañía durante aquel hermoso día. Sí, era realmente bello. Eran las seis de la mañana. La niebla cubría por completo el paisaje que contemplara tantas veces desde mi alcoba. El frío era extremo, el viento fuerte y ensordecedor, la música natural del ambiente parecía despertar en mí una experiencia celta en medio de un bosque calmo; el roce de las crines de un pura sangre contra las cuerdas de un Stradivarius me excitaba al punto del placer físico. Mi cabeza daba vueltas al son de la música de mi mente, mis manos se movían al compás de la suavidad del bosque y mi pecho latía con la impaciencia de un galeón romano entre las aguas del Índico. Ya todo estaba listo. Caminé hacia mi estudio. La puerta de madera me recibió, al abrirla, centenares de libros me estaban esperando con sus páginas llenas de sabiduría o de cualquier mierda que algún estúpido haya escrito pero que al fin y al cabo se le consideraba literatura, aunque los que realmente sabemos de ello, lo cataloguemos como una muestra gratis de papel sanitario con sello editorial. Al acercarme al escritorio, tomé de la caja color caoba uno de los habanos Montecristo que tanto me fascinaban, usé la guillotina y mi encendedor; el aroma y el sabor de ese momento simplemente me merecían. Me aproximé al balcón y luego de una calada larga a mi cigarro, observé el reloj y el suelo; junto a mi silla Luis XIV, había un pájaro, sus plumas verdes con azul me llamaron la atención. Me incliné un poco, luego de examinarlo minuciosamente con la vista lo volteé con mi mano, estaba muerto y en las cuencas de sus ojos había una serie de diminutos gusanos blancos que resultaban particularmente tiernos debido a la viscosidad de su piel, quise tocarlos pero me conformé con contemplar su trabajo. Entré de nuevo en el estudio, tomé un libro al azar y me senté a leer.

La mañana y la tarde se extinguieron con prisa. La oscuridad de la noche ya estaba ahí. Mi vestimenta era perfecta. Estaba vestido totalmente de negro con una boina inglesa y unos tenis blancos. Giré mi cabeza y me encontré más que con un espejo, me encontré conmigo mismo. Contemplé la figura de la Rata que estaba en frente de mí: sus dientes torcidos y amarillentos, sus manos delgadas y marcadas por las venas, su piel reseca y marcada por las cicatrices del acné adolescente, la barba dispareja y desorientada, la mirada profunda de aquellos ojos azules irritados por la falta de luz, seguía cada uno de mis movimientos; la nariz pequeña y los labios diminutos. Esa Rata era yo. Y no debía esperar más. Era hora de actuar. Verifiqué un momento la información recopilada durante meses en los sucios y mugrientos papeles tirados por toda la casa. Ella era la escogida. Las otras seis deberían esperar su turno.

Abrí la puerta principal de la casa. Eran las once menos cuarto de la noche cuando empecé a caminar. Durante el trayecto, el recuerdo del pájaro muerto me inundaba una y otra vez la cabeza. Era curiosa la forma en que la música, los gritos y las voces aún seguían resonando en mi mente, pues, a pesar de ello empecé a pensar en el momento que decidí que Irma sería la primera. Fue un golpe de suerte. El trabajo de campo fue exhaustivo para dar con las siete. El centro de investigación fue el campus universitario y los sitios frecuentes de sus estudiantes. A cada una me le acerqué para darle una oportunidad y ninguna quiso. Las invité a tomar un café y hablar un poco y todas me rechazaron aduciendo que con mi aspecto sólo podía seducir a un buitre y para ello, ni siquiera debía estar muerto.

A Irma empecé a investigarla muy cuidadosamente. Era estudiante de diseño publicitario y sus cualidades físicas resultaban inquietantes para cualquiera que la mirase. Su inteligencia era relativamente normal, sus calificaciones no eran tan impresionantes como el contorno de sus piernas a cada paso; su mirada era exquisita y seductora, pero en mí provocaba una repulsión natural que me incitaba al vómito. La odié desde el primer momento, odié su ser, su corazón, su cuerpo perfecto… y mientras yo la odiaba, ella simplemente hacía caso omiso de mi existencia; mi ser, para Irma, no era.
El día antes de su muerte, le envié un ramo de claveles rojos marchitos y en una caja una rata blanca con los ojos rojos y muy viva; y junto a ella, una nota en un pequeño pedazo de papel sucio, que decía:

Ni la luz de tu mirada
Ni la belleza de tus senos
Ni el ardor de tu figura
Ni la perfección de tus manos
Ni siquiera el recuerdo marchito de mi rostro
Mucho menos mi nombre o mi cumpleaños
Ni siquiera saber que eres y que yo para vos
Ni he sido ni nunca seré
Vos serás a partir del momento en que no lo pensés
Tan solo un recuerdo absurdo y frío de los puntos suspensivos
De estos últimos versos que hoy te escribo…


Seguí caminando por la acera. La niebla de la mañana se había acentuado mucho más. Las ramas de los árboles crujían por el empuje del viento. Ya podía ver la casa de Irma. La luz de su habitación estaba encendida. Me acerqué a los arbustos que estaban enfrente. El olor a tierra mojada me dio fuerza. Metí la mano en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. El encuentro con el metal frío me erizó la piel y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Pero ya estaba ahí, era inconcebible cualquier marcha atrás.

Salté el portón de la casa. Me dirigí hacia un costado. La ventana estaba abierta. Miré de reojo y no vi a Irma. Entré. Me desplacé hacia la puerta de la habitación, le puse el seguro. En el fondo podía escucharse cómo el agua de la ducha caía caprichosa sobre la elegida. La tentación y la curiosidad pudieron más que mi apacible cautela y prudencia. El olor de su piel confundido con la fragancia de su jabón estaba en el aire. Pude notar que en el gran cuarto de baño, había una pequeña habitación que parecía ser y en efecto era, un armario. Me metí entre la ropa. Desde ahí la vista era impecable. La ducha se cerró. Ya no caía agua por ninguna parte. Una mano corrió la cortina; en medio de ella, el cuerpo desnudo, mojado y perfecto de Irma quedó frente a mis ojos. La redondez de sus pechos, lo carnoso y firme de su trasero, la suavidad de su piel y de su sexo me cautivaban; el color de su piel me conducía por sendas mágicas. Sus manos empezaron a acariciarse de forma muy tierna pero sin malicia, al menos, eso creo. Puso un poco de crema en su mano derecha y empezó a aplicársela muy delicadamente. El recorrido del movimiento continuo de sus dedos al contacto con la piel, me agitaba el latido del pecho, pero irónicamente no me causaba placer físico. Pero aclaro, ver aquella imagen y recordarla tan clara esta noche me deleita mucho. Casi como si yo hubiese sido quien le aplicara la crema aquella noche tan bella. Terminado el ritual de belleza, Irma se puso una bata de seda color plata con rosa, y se dirigió hacia su recámara. Apagó las luces y se acostó a dormir. Desde mi ubicación tenía una levísima perspectiva de lo que ahí podía estar pasando. Esperé un tiempo prudente para poder acercarme. Al fin, estaba ahí, justo frente a la cama de Irma. Verla dormir era como contemplar un espectáculo divino. Su tranquilidad, su rostro… estaban ahí… en la hora indicada. Metí mi mano en el bolsillo trasero del pantalón. Saqué un paño que mojé con una mezcla de drogas que yo mismo había preparado. Los efectos que se esperaban eran de adormecimiento y alucinación. Con mi mano izquierda cubrí con el paño la nariz de la muchacha que del susto intentó gritar pero ya fue demasiado tarde. Al saberla dormida, me dispuse a desnudarla. La arrebaté de sus ropas y quedó otra vez completamente desnuda. Empecé a besarla muy lentamente; la suavidad de su piel en mis labios, la humedad y tibieza de su intimidad en mi mano me excitaba más que nunca; la firmeza de sus pechos con la dureza de sus pezones me hacían sentir contracciones en el estómago, eso que muchos sólo llaman mariposas. No quedó una sola parte de su cuerpo que no besara. Sus manos, empezaron a moverse y yo, me detuve por un momento. Sus ojos se abrieron a duras penas, y al preguntarme mi nombre le dije, soy Bruno, es un placer poder hacerte el amor en esta tu última noche. Ella, algo confundida por el efecto de las drogas me agarró muy fuerte la mano y me la acercó hasta su pecho. Su corazón estaba acelerado. No me quitaba la mirada de encima. En ese momento decidí acercarme más a su rostro para verla bien. Fui más valiente que nunca y me animé a besarla. Ella no se rehusó. Hicimos el amor toda la noche.

Yo estaba temblando e Irma completamente dormida. Era el momento de actuar. Tomé el cuchillo que echara en el pantalón y comencé a marcar el cuerpo de diosa de aquella falsa mujer. Su cuerpo se movía pero era imposible que despertara. Fueron trece cortes en su rostro; seis en cada mejilla y uno que nacía desde la frente y culminaba en la punta de su nariz; cuarenta y seis entre su pecho y abdomen; ciento cuarenta y dos en las piernas; tres en la espalda de forma que se observara la figura de un triángulo; y cuarenta y cuatro en su trasero. La cama quedó completamente cubierta con sangre al igual que mis manos y gran parte de mi cuerpo. Ese olor me exaltaba más y me hacía pensar mucho más. Pude ver que sobre la cama y bien aferrado en el techo había un espejo de cuatro metros cuadrados. Con la ayuda de una silla y sin ir a golpear a Irma, porque aunque parezca irónico lo menos que quería era dañarla; escribí una nota para cuando ella despertara del efecto de las drogas. Mientras eso sucedía, yo simplemente esperaría junto a la puerta del baño de forma que no pudiera verme, tenía que ver el final.

Pasaron varias horas hasta que Irma despertó. El dolor de su cuerpo era tangible y evidente. Sobre sí, en el espejo, pudo ver la nota que le había dejado a la vez que podía contemplar su escultural cuerpo cubierto por doscientos cuarenta y ocho cortes de cuchillo. La nota decía:

Ni siquiera por amarte
Pude perdonar el hecho de tu indiferencia
Cada corte es mi forma de entregarte mi amor y mi odio
Y aunque no lo entendás ahora
Me parezco muchísimo a vos y
El corte final lo dejo en tus manos.

Al terminar de leer, y entre el llanto del dolor y la desesperación pudo ver cómo junto a la almohada totalmente roja por su sangre, estaba un arma con un único tiro y una rata blanca caminando alrededor de su cuerpo.

Yo me levanté en silencio, me vi en el espejo del baño y tomé un poco de agua, mientras lo hacía, el ruido seco de un disparo llenó la casa. Casi al instante todo era nuevamente silencio y por mi mejilla una lágrima de satisfacción se deslizó hasta perderse en mi barba.

Como dije antes, no me arrepiento de nada, Irma es apenas la elegida para el inicio. Y hoy, sentado en la silla vieja de madera, frente al escritorio de mi estudio, con la compañía de un elefante de cristal con uno de sus colmillos quebrado, y expulsando el humo de la última calada del Montecristo por mi boca, analizo muy detenidamente lo que debo empezar a hacer para culminar cada una de las muertes de las siete de La Rata.

Ni siquiera pienses que podrás librarte
Ni que de la muerte podrás escapar
Porque desde hace días te he venido observando
Y en definitiva mis puntos suspensivos dicen que
La siguiente de mi lista, sos vos…


martes, 22 de octubre de 2013

LOS OJOS DE ELLA.

Eran los ojos más hermosos que había visto en toda su vida. Despistado, como siempre, escuchando alguna canción de esas en  las que si no se mueve la cabeza de arriba hacia abajo y si no se dan golpecitos con el pie izquierdo marcando el ritmo, no se disfruta igual; sintió como si una atracción irresistible lo estuviera halando de lado.

Volteó su mirada y estaba ahí. Un encuentro celestial con la mirada que encerraba los paisajes oceánicos de alguna isla lejana, como en una tarjeta: una hamaca colgada de una palmera, por alfombra el manto blanco de la arena perfecta y al fondo, el color eterno de la mirada que lo atrapó aquella tarde nublada en el asiento de un autobús.

Ella, levantó su vista buscando lugar para sentarse y se acercó acelerada junto a él. Le regaló una leve sonrisa como para romper el hielo y él, intimidado como nunca lo había estado antes, tímidamente hizo una mueca intentando sonreír, probablemente ella lo notó y sonrió para sí.

Su pierna rosaba la de él, y esa incomodidad de querer contemplar la creatura divina que justamente estaba tan cerca pero con la lejanía inmensurable que el silencio entre dos desconocidos provoca, hacía que todos sus movimientos fueran torpes, que sus manos sudaran como en aquellas tardes del colegio cuando esperaba nervioso a que el director le diera la regañada de su vida; que su corazón latiera con la fuerza de aquellas mañanas en que entrenaba ciclismo y que su mirada se volviera más inquieta que nunca, anhelando el encuentro  furtivo de los ojos divinos de autobús.

Parecía cansada, como si algo la estuviera preocupando, como si alguien le acabara de dar una noticia que la perturbara. Sacó de su bolso un teléfono móvil, nada lujoso, le conectó los audífonos y cerró sus ojos. El joven aprovechó ese instante para observarla detenidamente como cuando se contempla una obra de arte exquisita en Louvre, como cuando se está en la playa deleitándose con la gama indescriptible de colores en el cielo al atardecer, como cuando se tiene en las manos un libro cuyas últimas palabras detienen el corazón por microsegundos, cortan la respiración y hacen que la garganta se seque, como deseando recibir el néctar que refrescó en su momento a Aquiles o a Héctor después de la batalla.

Su piel era suave, así pudo sentirlo en las caricias a sus mejillas imaginadas por sus manos, la textura semejante a la sensación del roce de la parte externa de los dedos índice y medio en la piel de un recién nacido; su nariz pequeña, con la perfección y finura de una diosa griega; sus labios, los imaginó tan suaves que pudo besarlos con su mente, eran delgados y delineados con el contorno perfecto de su forma, provocaba besarlos, sentirlos y detenerse en su labio inferior y morderlo suavemente, abrir los ojos y encontrarse con su boca completa y con esos ojos, tan solo hermosos, porque es tan complejo encontrar el adjetivo exacto, digno, perfecto, para describir con palabras humanas lo que fue creado para el deleite de los dioses.

Solo le bastaba verla, imaginarse cómo sería su vida, cuál sería el nombre humano que la identificara con tanta perfección, cuáles serían sus sueños, cómo sería su voz, cómo se sentiría tomar sus pequeñas manos y besarlas con ternura, qué la haría feliz, cómo reaccionaría si aquel hombre, sentado junto a ella, se le acercara de pronto y la besara.

Seguramente ella era pobre. Sus ropas eran sencillas, su cuerpo delgado podía verse a través de aquella blusa de encajes negros; un sencillo pantalón de mezclilla desgastado por el uso cubría sus piernas, unas viejas sandalias hacían de escabel en sus pies cuyas uñas parecían haber sido víctimas de una pintada imprevista; en sus manos pudo intuir cómo podría ganarse la vida, quizá en una cocina, lavando platos, quizá en alguna casa grande como empleada doméstica, se las veía cansadas, un poco secas, quizá mostrando la edad que era imposible calcular con la belleza pueril de su rostro.

Tenía que ser pobre, el tirante de su sostén morado, al menos lo que pudo ver el joven, estaba gastado, estirado, viejo, pero no le quitaba su aspecto angelical. Observar la piel de su espalda era imaginarse dándole un masaje suave, con aceite de almendras, con música celta de fondo y a la luz de las velas.

El paisaje del camino era simple, cargado de verde, con una fragancia a tierra húmeda capaz de despertar los sentidos; el viento hacía gala de bailarín embriagándose con cada una de las copas de los árboles que en esa tarde de martes servían de brindis a la naturaleza.

De nuevo la vista en ella, el sudor de las manos y el nudo indescriptible en el estómago fue subiendo rápidamente, causaba un ardor insoportable en la boca del estómago y de ahí, al pecho, donde se detuvo por un momento y se fue convirtiendo muy lentamente en la taquicardia más salvaje que ningún cardiólogo haya visto jamás. Ella lo miró. Él sentía que se estaba muriendo de miedo. El reflejo de los rayos del sol daban directo en sus ojos. Ella sonreía levemente mientras él mantenía su valentía aferrada en no quitar la mirada de aquellos ojos, los ojos de ella.

No pudo, más. Si no desviaba la mirada la hubiera besado. Él quería. Ella... probablemente también. Él cerró sus ojos y tragó saliva para tratar de desenredar un poco aquel nudo que le cortaba la respiración mientras veía cómo los árboles caminaban uno tras otro frente a la ventanilla del autobús que era testigo de ese encuentro indescifrable.

El autobús se detuvo. Era el final del camino. Ella, recogió una bolsa plástica de color blanco que había puesto a sus pies al sentarse junto a él. La bolsa estaba un poco sucia. Ella se levantó y se dirigió hacia la puerta trasera del autobús. Él se incorporó muy apresurado para no perderla de vista. Ella bajó las gradas. Caminó un poco, sacó su teléfono móvil. Hizo una llamada. Él, recostado a una pared de la terminal de autobuses la observaba detenidamente. Ella era pequeña, sus piernas delgadas, su cuerpo parecía de niña, sus ojos estaban perdiendo el brillo que hace tan solo algunos minutos la habían convertido en un ángel.

Quería saber más, pero no se atrevía a acercársele. Ella se aproximó a la orilla de la calle. Detuvo un taxi. Abrió la puerta trasera. Subió. El taxi empezó a marcharse. Pasó junto a él. Ella lo miró con descuido. Él intentó articular alguna palabra con sus labios, pero no pudo. Solo pudo ver que los ojos de ella se marchaban y nunca más volvería a verla. Sintió que el nudo en su estómago se iba desenredando a toda prisa: se había transformado en cientos de mariposas: había dejado ir al amor de su vida y ella, jamás lo sabría.

¿QUO VADIS?


Estaba soñando, o recordando que soñaba un recuerdo que alguna vez soñé y que pensé que realmente se trataba de algo más que un simple anhelo poético que se escondía entre el deseo de despertar para sencillamente palpar con mis versos su realidad ausente que ahora parecía estar justo ahí, en medio de la página doscientos veintidós de algún mamotreto que se estremecía entre mis dedos y el color de la amarga hiel que destilaba mi mirada, una mirada que se endulzara a veces con lo amargo y cálido de la lluvia.

Eran las doce menos cuarto cuando todo empezó. La noche había caído repentinamente en medio del susurro del torrente aguacero que bombardeaba el frágil techo que cubría mis ojos. Mi mente se desbordó de mi ser y mi ser se ocultó en medio del agujero de una dona que se ocultaba por ahí, dentro de un pequeño hoyo cubierto con hojas y con la misma piel del árbol que había accedido al sacrificio de un recuerdo que nunca podría olvidarse aunque el olvido mismo tratara de recordarlo.

Como decía, eran las doce menos cuarto y ahí sucedió. El camino se extendía a lo largo de las extrañas páginas de un libro en blanco que avanzaba taciturno y perenne en cada palabra, pero que misteriosamente se detenía al encontrarse frente a algunas consonantes que parecían resaltar el sonido de una gaita y de un violonchelo o de todos los instrumentos musicales, era como un festival de música celta y yo, sí, yo estaba ahí.

Las notas se fueron apoderando de mi ser y mi ser se fue desapropiando de mí. En cada nota y en cada palabra pude sentir que nacía o que moría, al fin y cabo daba igual, en ese momento, el tiempo no existía, era como pensar en reversa: primero sonreía y luego escuchaba el chiste, primero ofrecía disculpas y luego venía mi torpeza y, no pude más que contemplar el entorno. Las estrellas me miraban y yo las ignoraba (¡qué interesante resulta ignorar una estrella!), y justo ahí estaba la hache, muda e inconsciente, muerta del miedo por la vil soledad que la dejaba inválida y débil. Me miró y no dijo nada pues bien sabemos que las letras por sí solas no hablan o al menos, hasta esa noche no lo hacían. Ése no fue el acabóse, fue el inicio… un inicio que me dejaba mudo, más de lo que estaba desde las doce menos cuarto.

Mis pies descalzos se movilizaban por entre las palabras, las letras estaban cerca de mí, estaban dentro de mí o más bien yo dentro de ellas. Esa noche sentí lo que un diptongo, no podía separarme por ley y nadie en ese exuberante sitio parecía querer acentuar. Así pude sentir en mi ser lo que una palabra cuando es escrita, pude sentir como corría alma por sus trazos, cómo en cada grafema se dibujaba un pedazo de alguien, de quién, no importa, pero se esbozaba un trozo de tanto sentimiento que muchas veces fue obligado a callar y que ahora se movía libremente en un lugar donde la libertad se extendía sin límites, sin fronteras ni muros enladrillados fruto de la envidia, del odio o de cualquier otra clase de resentimiento con la vida, con la naturaleza o tan solo con el límite.

La música se estaba apoderando de mí, o yo de ella. Era curioso, aún eran las doce menos cuarto. Empecé a sentir sueño. Mi ser se rodeaba de un silencio ensordecedor que me gritaba, que me cantaba en un lenguaje que no podía comprender y eso me llenaba los ojos de un líquido extraño, casi había olvidado que sabía llorar, casi había olvidado que mi corazón era de carne y no de piedra, casi había olvidado que no sabía amar. Curiosa palabra. La paz me abrazó y me entregué de nuevo en los brazos de Morfeo.

Ahora me encontraba en medio de la oscuridad. Era un gran triángulo. Había muchas puertas, doce en total. Cada una tenía una llave con un color irrepetible en su cerradura. Algo me llamó la atención. En los vértices del triángulo podía verse una letra, era la misma en los tres casos: la zeta.

Me aproximé con la misma cautela con que se prueba algún manjar exótico en tierra desconocida, era como sentirse irremediablemente atraído por lo desconocido, por el misterio. Las zetas brillaban. Intenté mirar hacia atrás. No pude. Algo me detenía, quizá la inseguridad de sentirme más seguro que nunca. Caminé directo al primer vértice. Mis manos acariciaron la primera letra. Era suave, tierna; podía percibir la textura virgen de un pecho sin caricias o de unos labios sin besos. Cerré mis ojos y me dejé llevar. Al abrirlos, estaba dentro. Y ahí pude divisar una gran habitación vacía exceptuando por la inmensidad de un lecho vestido de blanco con un pequeñísimo cuadro adherido finamente en la pared. No distinguía su contenido. Miré mi muñeca derecha. Eran las doce menos cuarto. Me acerqué al fondo de la habitación hasta que estuve frente al cuadro. En él, pude contemplar un dibujo hecho con una destreza inmensurable, cada forma, cada detalle, se extendía entre triángulos y cada triángulo se componía por una infinidad de letras. El dibujo me resultaba familiar. En él un hombre miraba detenidamente un pequeño cuadro que tenía un dibujo de un hombre viendo un cuadro.

De nuevo sentí un gran sueño. Era como si llevara despierto toda la eternidad. Mis ojos, enrojecidos por el cansancio se dirigieron hasta otra de las puertas, pero mi cuerpo no pudo más, me desplacé endeble hacia el enorme lecho blanco, donde caí poseído y me desgarró otro sueño.

El sonido de un violín me despertó. Me incorporé lentamente y pude darme cuenta de que estaba de nuevo en el triángulo. Una puerta abierta. Once cerradas. Una luz me cubría por completo y una niebla gris me sostenía. Había nueve puertas sin cerradura. Desaparecieron los colores, sólo quedaban dos zetas en los otros dos vértices. Fue extraño pues nunca sentí haberme aproximado. Mi mano rodeaba la misteriosa gárgola de bronce pulido que yacía en la parte más inferior de la madera de aquel misterioso umbral. Un calor quemaba mis dedos hasta el punto de hacerme gritar. O al menos creo que lo hice. Nunca escuché mi voz. Entre las manos del bronce labrado se posaba una vela púrpura con una flama lentamente gris. La miré. La leí. Y se desvaneció. La segunda puerta estaba abierta. Caminé rápidamente, y ahí estaba. Postrada sobre una sábana embriagada con aromas suaves, con una caja de oro blanco entre las manos y con una mirada que jamás había sido correspondida. Me detuve. Sentí miedo. Ella, se aproximó hacia mí. Me tomó la mano y la acercó a su pecho frágil y firme. Cerró sus ojos y escondió su alma. Y con la única guía que podía brindarle mi ya agitada respiración posó sus labios en mi boca. Así se debía de sentir un beso de verdad. La humedad de su intimidad me absorbió por completo. Estaba amando o soñando que lo hacía. Las sensaciones eran eternas. La suavidad de su carne me invadía, las flautas comenzar a convertirse en melodía. Unas gaitas y unos violines se agitaban al son nuestro. La música se transformaba de forma acelerada en medio de la noche que recién nos invadía. Sus manos en mi espalda me estremecían. Mis piernas temblaban y ya no podía verla. Mis ojos nublados por el éxtasis del placer onírico se adormecían. Ella gritó o al menos eso creo que soñé haber escuchado. Mi corazón se detuvo un instante y mi cuerpo se hizo uno con el universo. Así debía de sentirse un orgasmo de verdad o quizá de ensueño. Sólo la luz gris en medio de la gárgola nos iluminaba. El cabello de mi princesa descansaba sobre mi pecho. Intenté permanecer en vigilia pero perdí la batalla.
Al abrir mis ojos me encontraba de nuevo en el centro del triángulo. Esta vez, las paredes que formaban cada uno de los lados eran totalmente traslúcidas. Dos puertas abiertas y una última letra me miraba. Era la última en el amplio sentido de la palabra. Una cerradura triangular se sostenía en el cristal de la puerta cerrada. Caminé poéticamente, y al hacerlo pude escuchar un ruido que provenía de mi pecho. Sin dirigirle la mirada, mi mano tomó la llave que colgaba unida a una pequeña cadena plateada que me abrazaba con prudencia. Al tomarla, no pude más que sorprenderme. Mis manos habían envejecido al punto de verme obligado de llevármelas al rostro y palpar el paso de las lunas por mi piel. Iba lento. Pero mi mirada se detuvo frente al portal. La llave era alargada y tubular con un pequeño triángulo en el extremo. En el centro de la cerradura se dibujaba un agujero que disponía de tres lados unidos geométricamente perfectos por la igualdad de sus medidas. Deslicé la tranquilla y con un movimiento acompasado vi lo que estaba en la habitación. Era un espejo con una amalgama de maderas frías rodeando sus bordes. Una silla rota en el suelo y un tulipán azul entre las páginas de un libro. Estaba cansado. Decidí recostarme un rato. Al hacerlo, miré de reojo el reflejo que proyectaba el espejo. Una figura triangular llamaba mi atención. Era un reloj. Marcaba las doce menos cuarto cuando el tiempo empezó a correr.